Posteado por: Zhra | 26 junio, 2013

Panadería

Soy de un barrio obrero, sin extravagancias, piscinas o jardines en la parte de atrás. Nuestro jardín es el Parque Güell y nuestra piscina es la Creueta del Coll, una antigua cantera que amenazan con cerrar cada año.
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Mi calle está entre montañitas, desde la ventana de mi abuela parece que puedes tocar la montaña pelada. El barrio está lleno de pendientes dignas del Tour de Francia. El metro estaba a 15 minutos caminando y éramos un barrio difícil de llegar por casualidad. Eso me permitió disfrutar de una vida de pueblo dentro de una gran ciudad donde te conocen todos por el nombre de tu padre o su profesión, “la pequeña del Benítez” o “la del cristalero”, aunque siempre consideré a mi padre más carpintero que cristalero. La Paquita la carnicera que conocía a todo el mundo y de tantas visitas que tenía acabó poniendo una máquina de café. El Álvarez el sastre bajo mi casa. El señor Gonzalo, el frutero que se fue. La señora Alicia del colmado que tenía un nieto de mi edad. La madre de Morgana, la pescadera. La mujer de la esquina, sin oficio que con su pelo blanco sigue ahí saludando a los vecinos. El señor Hipólito del Spar, la peluquera que se fue a Sitges, Juan el del bar, la Lillian que daba clases de inglés, la Irene, l’Aleu, los chicos del super etc. Todos han ido desapareciendo poco a poco, todos menos esa pequeña pastelería/panadería justo en medio de mi calle.

Carpinteria

Es una panadería de barrio no muy pequeña. De pequeña mi padre me intentaba convencer para que comiera pan diciendo que el Señor Boldú se había levantado a las 5 de la mañana para hornearlo. Tras el mostrador había una señora extrovertida, sonriente, de esas que conocen a todo el mundo. Dentro, en los hornos y la cocina de la pastelería, todavía hoy puedes encontrar a la Virgi. Desde la tienda de mis padres la veía subir y bajar cada día, de su casa a la pastelería y de la pastelería a su casa. Muy delgada, morena, de pelo rizado siempre con la mirada baja. Mi madre cuenta que lleva trabajando allí desde los diez y seis años. Nunca negaba una sonrisa pero tampoco te buscaba con la mirada. Su tranquilidad, su paso regular y su resignación me intrigaban. Ella era única, siempre tímida, callada modesta y en silencio pasaba frente a mi sin verme.

Hoy 20 años después la he vuelto a ver, he pasado a su lado con la moto. Ella seguía casi igual, su piel morena, su paso tranquilo, su mirada baja alguna pata de gallo y más de una cana. Ha vuelto a llamar mi atención, sin decir nada, sin levantar la vista. Por un instante he vuelto a ser esa niña que la seguía con la mirada, por la calle intrigada admirando su calma y se preguntaba que escondía dentro. Tenía que ser un secreto muy especial para que nada jamás la desviara de su camino. Entonces recordé cuando a veces la veía en la pastelería vendiendo un pastel y como desaparecía su timidez. Te miraba a los ojos, sonreía y te mostraba el pastel que había hecho, por encargo, para ti.

Fleca

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