Posteado por: Zhra | 6 septiembre, 2014

Ryokan – historia surrealista en Kyoto

¿Quién quiere escuchar una historia surrealista en Kyoto? Y para que sea en Kyoto ha de ser muy surrealista. Esta es la historia de cómo acabé viendo la final de Judo femenina a la una de la madrugada vestida con un kimono y planeando la invasión de Japón.

Antes de empezar, una clase rápida de japonés para entender la história:
Arigato Gozaimas: Gracias.
Sumimasen: Perdón formal.
Gomen Nasai: Perdón informal.
Vamos allá!

 

Todo empieza a mi llegada al Ryokan Ohto en Kyoto. Todo el mundo me decía que tenía que ir a un Ryokan así que yo hice caso. Me presento a las 14h para hacer el check in. En la puerta no hay ningún indicativo de hotel, Ryokan o nada que lo identifique pero ya lo avisaba en las críticas y yo tenía una foto de la fachada. Así que llamo al timbre sin respuesta, entro y está todo oscuro, apenas unos zapatos en el suelo y un montón de vasos, té, café, agua y panfletos turísticos lo que me hace sospechar que efectivamente estoy en el lugar adecuado pero no hay nadie. Saco la cabeza por varios cuartos localizo el lavabo, la ducha y una habitación sin que nadie parezca. Vuelvo a la entrada y empiezo a dar un vistazo a los panfletos. Al rato una mujer con el mismo nivel de inglés que yo de japonés aparece por una de las puertas que estaban cerradas con llave. Me confirma el número de reserva, me cobra, me deja la llave en una cestita y me explica por señas que me vaya dejando la mochila en la entrada hasta las 15h porque mi habitación no está lista. Por mucho que me fie de la honestidad japonesa eso de dejar mi mochila en la entrada con la llave no me acaba de convencer así que me quedo en la puerta y doy una vuelta corta hasta Toyokuni Shrine y un par de templos cercanos. En menos de 30 minutos estoy de vuelta y me espero hasta las 15:05 para entrar. La misma señora esta vez acompañada de un señor se va corriendo a comprobar que mi habitación esté lista. A las 15:30 consigo instalarme en mi Ryokan. Un lugar pequeñito con futón en el suelo, televisión, armario, aire acondicionado, mesita y vistas sobre los edificios, perfecto para escribir y relajarme. El lavabo es compartido pero soy la única en la tercera planta así que compartirlo conmigo misma tampoco es tan grave y la verdad que después de tanto albergue echaba de menos un sitio donde estar sola sin molestar a los demás o que me molesten a mí.

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Después de ordenar y colocar cada cosa en su sitio estoy supercansada del madrugón y hago una pequeña siesta. Quien dice pequeña dice que me despierto a las 19h. Voy al súper de al lado y vuelvo a la habitación para acabar de ver la peli “Laputa: Un castillo en el cielo de Miyazaki”, mirar los sitios que quiero visitar, leer y por supuesto ver la surrealista tele japonesa que se hace aún más surrealista cuando no la entiendes. Me preparo una taza de Matcha, té verde, y me voy al lavabo armada con… Bueno, sólo con las llaves, un kimono, un pantalón, unos calcetines y unas bragas puestas. En la mano una camiseta para lavar, un tampax y una pastilla de jabón.

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¿Por qué cerré la habitación si está puerta con puerta con el baño? Pues no lo sé. ¿Si fui capaz de abrirla después? Pues no. No pasa nada, no entro en pánico con facilidad ni me gusta pedir ayuda sin necesidad así que intento girar la llave poco a poco. Es de esas que al meterlas y girar lo que hacen es girar una circunferencia que hay en la puerta y se engancha con el marco. Dejo la camiseta empapada y la pastilla de jabón en el suelo y me dispongo a abrir la puerta con paciencia, perseverancia y sobre todo cabezonería.

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Treinta minutos después y sudando por el calor que me provocaba el kimono bajo a recepción a pedir ayuda para encontrarme el mismo paisaje desolador que cuando llegué a las 14h. Con la diferencia que ahora eran las 23h de la noche y yo lo tenía todo dentro de la habitación. Reviso todas las habitaciones, lavabos, duchas, puertas e incluso salgo a picar el timbre. No hay respuesta. Me convenzo que no lo he intentado suficiente y vuelvo a subir los tres pisos. Veinte minutos después me rindo. Hay un cartel gigante en la puerta que pone que a partir de las 12 de la noche cierran las puertas y no dejan entrar a nadie sin aviso así que no estoy muy segura de ser capaz de encontrar a nadie pasada esa hora y alguien ha de aparecer para cerrar las puertas. Vuelvo a recepción e impaciente vuelvo a revisar todas las puertas, incluida una oscura y medio tapada desde la que se escuchan voces. Vestida con el kimono, los calcetines y la llave en la mano para hacerme entender entro por la puerta. O mejor dicho salgo. Salgo a la calle, en medio de la parada de metro de Shichijo. Ahí estoy a las doce de la noche con todo a oscuras vestida sólo con un kimono y los calcetines en medio de una calle de Kyoto sin hablar japonés y preguntándome si esto podría ser más surrealista cuando detrás mío escucho como cierran la puerta por la que he salido. Intentando no hacerme daño en los pies corro hacía allí y la mujer se gira a mirarme pero no me reconoce. Vuelvo a picar en la puerta y por el cristal le muestro la llave. Esta vez me deja entrar y me empieza a hablar en japonés lo que yo entiendo como un “Idiota que haces con esas pintas por la calle” por señas le explico que la llave no funciona. Me dice un okey, okey y sube conmigo. No sé qué pensaría ella mientras subía, probablemente algo como “estoy harta de estos turistas tontos” pero yo pienso en la reverencia tan grande que le voy a hacer mientras le digo un Arigato Gozaymas cuando me abra la puerta.

 

Esto no se acaba todavía. La mujer tampoco es capaz de abrir la puerta. Baja a por un cuchillo que ya sé que no funcionará y con menos paciencia que yo a los tres minutos decide abrirme la habitación de al lado para que duerma ahí. Pero es que yo no tengo sueño, me he metido una siesta de campeonato, no sé a dónde quiero ir mañana, el móvil no se está cargando, no tengo ropa y para colmo voy a necesitar cambiarme el tampax en 5 horas.

 

Ahora, querido lector inquieto, quiero que hagas un ejercicio de reflexión y mentalmente te vistas sólo con un kimono y le expliques a la mujer que tienes delante, la cual no habla ningún idioma en común contigo, que no te importa dormir en otra habitación mientras llega el cerrajero mañana pero vas a necesitar un tampax, una compresa o similares.

Aquí mis intentos:

Primer intento: Manos entre las piernas y apuntando hacia abajo (creo que la mujer se piensa que me meo)

Segundo intento: Manos entre las piernas, apuntando hacia abajo y os señaláis. Las dos somos mujeres! (Cara de póquer)

Tercer intento: Hago el gesto de las tetas, nos señalo a las dos, y vuelvo a poner las mano entre las piernas haciendo gestos. (Siento que la mujer empieza a tenerme miedo)

Cuarto intento: sin dejar de gesticular empiezo a explicarle en inglés que una vez al mes, las mujeres tienen la regla y que…. Oh! Whatever….

Pero de todo lo que digo la mujer reconoce la palabra Pad y el gesto. Al menos por un segundo ambas parecemos entendernos. Entre sonrisas me hace que sí, que sí con la cabeza, me da un rollo de papel de váter, y me quita la llave de mi habitación 305. Resignada me rio, lo cojo y la mujer se va a por sábanas para mi nuevo futón. Entre las dos preparamos la cama.

 

Ya sola me meto en el futón, enciendo la tele y me pongo a ver la final femenina de Judo. Japón quedó con medalla de bronce por si os interesa. Mi cabeza empieza a funcionar a toda pastilla y en mi imaginación ya estoy caminando mañana por la mañana por las calles de Kyoto en calcetines y kimono hacia la comisaria de policía más cercana a pedir ayuda. Pienso donde podría conseguir zapatillas, incluso bajo a recepción, oscura y desierta, a por un mapa para localizar la comisaría más cercana. De paso recupero las llaves de mi 305. Recuerdo haber visto un destornillador en la lavandería y voy a buscarlo. Sigilosamente empiezo a desatornillar la cerradura mientras pienso que voy a decir si alguien me pilla así. Pero no es mi día de suerte y consigo sacar sólo el embellecedor, la cerradura está por el interior. Lo vuelvo a montar todo y devuelvo e destornillador a la lavandería. Me meto en el futón y recuerdo que en mi pantalón llevo cosido dinero inglés y una tarjeta visa de emergencia además del carnet de conducir. Pienso en secuestrar un tanque y me duermo trazando un plan para invadir el mundo en kimono.

 

A la mañana siguiente oigo ruido y enciendo la TV para ver la hora, las 9 y media. Me levanto dispuesta a revolucionar Japón para conseguir mis cosas. Recupero un poco mi dignidad poniéndome la camiseta ya seca y dejando el kimono en la habitación. Vuelvo a intentar abrir la puerta sin éxito y me encuentro a la misma mujer que me dice que a las 11h llega el cerrajero. Mientras tanto me quita la llave que yo había recuperado durante la noche y me dice que me tome un café. Entre reverencias y Sumimasens me empuja a la habitación donde había dormido. En un momento de lucidez pienso en aprovechar las ventajas de la nueva habitación como la bañera y le voy a pedir una toalla que me da señalándome que en la cuarta planta están las duchas. No pienso ir hasta la cuarta planta, la terraza, cuando tengo una habitación con ducha. Mientras me froto y pongo jabón en el pelo oigo como pica a mi puerta y me pide que salga. Cierro el grifo y le digo un What? Responde algo como 305 y se va. Después de la ducha bajo a por un té y me encuentro un ser vestido de negro con visera negra y mangas hasta los codos que me mete un rollo muy interesante en japonés. Cuando se saca la vestimenta japonesa de “tenemos miedo al sol” veo que es la misma mujer y de todo el rollo sólo entiendo que me vaya a ver Kyoto que no pasa nada. Le digo que ni de coña me voy de ahí sin mis cosas y, aunque sin cabrearme todavía, subo el tono de voz. Pasando de un “entiendo que no puedas hacer nada” a un “arréglalo ya”. Aquello ya empieza a molestarme. Le explico que no me voy sin mi pasaporte, ni mi móvil. Ella no parece preocupada, seguramente porque no me entiende. Entonces le digo que tampoco me puedo ir sin la cámara. Aquello parece preocuparle más, no entiendo las prioridades de los japoneses. Me dice algo de meterlo en un armario pero no la entiendo, repite la palabra llave y me hace el gesto de 0 con la mano. Yo estoy flipando. Después de varios minutos así me pide que la acompañe. Subimos juntas a la tercera planta y abre la puerta de la 305 (!!!!!!!!!!!!!!)

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En algún momento mientras yo estaba en la ducha han abierto la puerta. Pero no hay llave para mi habitación así que la mujer me estaba diciendo que dejara mis cosas de valor en el armario. Yo a Arigatos y ella a Sumimasen y Gomen Nasai por fin me quedo a sola en mi habitación donde el portátil y el móvil están descargados y la taza de té fría.

 

Diez minutos después entra la mujer para darme el Kimono que me había olvidado en la otra habitación.

 

 

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Responses

  1. Hola, vaya aventura con la puerta, en Japón los hoteles hacen el check in a partir de las 15h, esto es bastante inconveniente para los huéspedes, ojalá lo cambien, sobretodo cuando llegas de un viaje muy largo de aeropuerto, lo primero que quieres es ducharte descansar… bueno espero que el resto de experiencias hayan sido mejores

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    • Gracias por el comentario Nagatayskyoto. Tienes razón en Hiroshima y Tokyo el check-in era a las 16h. Sólo en Osaka lo he tenido a las 12h. Pero hubiese agradecido que hubiera metido la mochila en un cuarto o algo en lugar de dejar la en medio del pasillo.

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      • Claro, es normal que desconfíes. En otro hotel seguramente lo guardarían en un sitio seguro. Pero en Japón la gente es más confiada que en Europa, no piensan tanto que hay robos. Seguramente no han tenido experiencia de robo de equipaje en este hotel. Pero haces bien de cuidar tus cosas, espero que no hayas tenido más problemas, lo peor es que mucha gente no habla inglés para que te entiendan…

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        • Realmente no paso nada es más la inseguridad y paranoia de no estar acostumbrada. Lo del idioma realmente no es tan difícil como en otros países. Si te esfuerzas un poco en decir alguna palabra en japonés,usas un montón de sinónimos en inglés, unos pocos de gestos y muchas son risas lo consigues. Personalmente me admira la paciencia que tienen todos para el turista.

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