Posteado por: Zhra | 6 julio, 2015

La Paz

El autobús tenía mantas pero aun así llego a la estación a las 7:30 con mucho frío, me meto en la cafetería de la estación y pido un té de coca. He subido mil metros en ocho horas y me siento un poco ida así que además del mate de coca para entrar en calor empiezo a mascar hoja de coca. Parece que funciona porque 5 horas, muchas hojas de coca y dos mates después ya estoy perfectamente. Busco donde comprar un billete para mi siguiente destino y pregunto precios. Gracias a un cartel descubro que los precios de los destinos están fijados con un máximo y un mínimo con el que se puede jugar. Compro el billete para dentro de dos días, en lugar de vendérmelo y despedirse la mujer me pregunta por mi alojamiento. Se lo digo y me saca un mapa para mostrarme como llegar, los sitios turísticos y me da un par de consejos para moverme por la ciudad. Cada vez me sorprende más la amabilidad boliviana!

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Por algún motivo que desconozco las puntas de las bambas están empapadas todo el rato, cada mañana están secas o ligeramente húmedas y a medida que avanza del día se humedecen y se enfrían más hasta que camino sobre hielo. Busco tiendas de zapatos donde me pueda comprar unas botas nuevas, no me es difícil encontrar unas cuantas. Entro en la primera y cuando la chica se acerca a ofrecer su ayuda le pido mi número, un 40, de dos pares de zapatos. Me dice que no tiene ningún 40 fuera pero si me espero un momento seguro que en el almacén hay. Espero dando una vuelta por la tienda mirando otras posibles botas que me gustan. La chica vuelve corriendo como si tuviera miedo a que me fuera, me ha traído sólo uno de los pares y el número 39, la tranquilizo y le digo que no tengo ninguna prisa. Se vuelve a ir a buscar el número 40 del resto. Yo espero. Y espero. Y espero. Y espero. Y después de mucho esperar vuelve jadeando con tres cajas de zapatos. Todas el número 39. No hay números más altos pero me anima a probarlos. Obviamente me van pequeños así que tengo que darle las gracias y despedirme. La misma escena se repite en tres zapaterías más hasta que miro la cuarta desde fuera y entro en la cafetería de al lado a pedir un Api y un “pastel”. El Api es una bebida caliente tradicional de Bolivia hecha con granos de maíz morado o amarillo, lo he pedido mezclado. El pastel es una empanada frita de masa muy delgada que parece un globo de aire con un poco de queso en su interior. Tengo que cambiar de país para encontrar zapatos de mi talla.

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Después del descanso sigo caminando por la Avenida 16 de Julio, al fondo hacia abajo veo un parque y no puedo evitar dirigirme hacía él sin dejar de pensar que lo que ahora bajo tan alegremente lo tendré que subir. No es fácil subir cuando estás a 4000msnm y tu cuerpo no está acostumbrado, cada paso se siente el doble y a cada tres pasos te falta el aire. Lo bueno es que basta pararse unos segundos para que los pulmones recuperen el aire y seguir caminando. El parque que he encontrado se llama Parque Urbano Central y tiene varias canchas de fútbol, voleybol, varias parejas sentadas sobre el césped inclinado y un mirador, Laikakota. A medida que dejo las canchas abajo veo que está cada vez más abandonado, al final hay carteles rotos por el suelo y tengo que saltar sobre unos ladrillos para llegar al mirador. Desde ahí se puede ver la forma de embudo recubierto de casas que tiene la ciudad, al final de las vistas, pasado el puente se ven las mismas montañas sin casas. La altitud de la ciudad varia de los 3000msnm a los 4000msnm, está construida entre montañas con su centro en una planicie que apenas se mantiene unos metros antes de volver a subir en forma de montaña, está abarrotada, es ruidosa y gris, no le acabo de encontrar el encanto de Bolivia. Pero cuando cae la noche desde la parte más baja se ven las casas iluminadas en las laderas de la montaña y parece que hay miles de estrellas a tu alrededor. Luego bajas la cabeza a la calle y ves basuras que han sido revisadas por las esquinas, gente tirada durmiendo en la acera y, con una mala iluminación amarillenta, personas caminando con prisa por llegar a su destino. La calle comercio está justo debajo del museo de Etnografía y Folkore, es la calle peatonal que llega a la plaza Murillo, el último resquicio de vida que queda en las tardes oscuras, donde se mezclan guiris y bolivianos buscando como pasar el rato.

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Durante el día la ciudad sigue siendo gris y llena de furgonetas que gritan su destino, por 2 bolivianos te puedes subir en ellas. Además tiene tres líneas de teleférico que te llevan a ver la ciudad desde arriba por 3 bolivianos el billete. Me sigue pareciendo curioso que el gentilicio y el nombre de la moneda sea la misma palabra pero aun me parece más curioso que cada vez que dicen el precio de algo añadan la unidad; “bolivianos”, como si quisieran ponerse en venta.

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Pegada a La Paz está la ciudad de El Alto, hace apenas 30 años que se separaron, esta es la ciudad a más altura respecto al nivel del mar del mundo y por supuesto tiene el aeropuerto más elevado del mundo que me llevará a Bogotá, Lima y finalmente México en unos días.

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